"This is Africa!"

Con ese dicho, Gnano, un comerciante de origen hindú de la ciudad de Stanger, pariente de Gigi, intentaba explicarnos la confusa e incómoda situación en que estábamos envueltos. Nuestro tándem estaba en medio de una discusión entre Gnano y una banda de hindúes de la cuadra con un zulú borracho que se había acercado a nuestra bicicleta. Parecía una simple discusión hasta que Gnano le dio un sonoro cachetazo. Un revuelo, un par de manotazos más, amenazas del agredido, nosotros tratando de entender lo que pasaba, la seguridad del local que se llevó al ebrio en una camioneta, en fin, una anécdota más. Sin embargo, “this is Africa” no explicaba toda la situación, aparentemente derivada, una vez más, de las consecuencias y resentimientos generados entre los distintos grupos, en este caso indios y negros, por el antiguo régimen racista.

Stanger es una ciudad donde los hindúes son muchos, pero en medio de la provincia de Kwazulu-Natal. Habíamos salido desde Durban, donde nos despedimos de Gigi y su familia (incluidos los holandeses Martijn, esposo de Samantha, una de las tres hijas de Gigi, y su padre Charles, de visita con su mujer). Habíamos hecho 80 calurosos kilómetros, con dos pinchazos, bordeando la costa del Índico. El último tramo, con fuerte viento, nos llevó a Stanger por la ruta N2, la que seguimos desde la lejana Cape Town.

Después del incidente, Gnano nos guió con su auto hasta su casa, dos kilómetros subiendo una empinada cuesta. Pasamos la noche en un ambiente hindú, pero diferente del de Gigi, ya que Gnano es un comerciante que pasa la vida trabajando, 12 horas por día, sin feriados ni fines de semana.

Kwazulu-Natal, el país Zulú, se presentaba complicado, quizá hostil, pero los días siguientes desmintieron esa impresión. Saliendo de Stanger, la ruta se hizo más veloz, aunque volvimos a pinchar gomas, esta vez del trailer. Los parches no pegaban por el calor y nos costó bastante arreglarlo, mientras media docena de niños vendedores de fruta en la carretera nos observaba de cerca y atentamente. Un hombre, siempre sonriente, nos ayudó a inflar, a pesar de que nuestra comunicación no era muy fluida: el inglés de ninguno era el mejor, y el español y el zulú no se parecen.

A la tarde llegamos a Mtunzini, donde viven Samantha y Martijn, quienes estaban de guardia médica de 24 horas en el hospital de Empangeni, que abarca toda la región. En su casa nos esperaba Phillips, un amigo de Martijn, también holandés, que insistió para que nos quedásemos al día siguiente (Navidad). A la mañana fuimos con él al hospital, donde los médicos recorrieron las salas donde estaban internados los niños disfrazados de Papa Noel y repartiendo dulces y regalos de navidad.

La mayoría de estos chicos proceden de zonas rurales de difícil acceso y un gran porcentaje de ellos están infectados de HIV. El virus está muy expandido en esta parte de África en particular, donde las creencias tradicionales son muy fuertes y la atención primaria que reciben los pacientes es el “sangoma”, la medicina zulú ancestral, por lo que cuando llegan al hospital ya son casos avanzados. Como la mayoría de los niños habla solo zulú, además de los médicos, las enfermeras locales juegan un rol fundamental en la comunicación médico-paciente, pues la mayoría de los profesionales viene de las ciudades o de otros países.

A la noche, compartimos un asado con ellos y la novia y amigos de Phillips, recién llegados de Holanda, en una cabaña cerca de la playa, en la reserva costera de Mtunzini.

De nuevo en la carretera, ésta nos llevó hacia el interior de Kwazulu. Empezamos a atravesar reservas de fauna, hasta llegar a la ciudad de Mtubatuba, donde pasamos la noche en el último backpackers de nuestro camino sudafricano. Al otro día hicimos algo más de 100 km.hasta Mkuze, atravesando el Parque Hluhluwe. Antes de llegar, una furiosa lluvia de 15 minutos nos empapó.

En Mkuze, pequeña ciudad cercana a la frontera de Swaziland, tuvimos un golpe de suerte. Una mujer que nos había visto en la ruta nos vio buscando en vano dónde quedarnos, porque el único alojamiento era un carísimo hotel de varias estrellas. Nos guió hasta el Mkuze Country Club, donde gestionó para que nos dejaran acampar. No sólo no nos cobraron, sino que nos regalaron bebidas y una bolsa de botellas de agua para el otro día.

Los últimos kilómetros por Sudáfrica nos encontraron subiendo una cuesta no muy larga pero pesada por el calor, cruzando las estribaciones de los montes Lubombo. Desde lo alto del paso, estaba a la vista la llanura del low veld de Swaziland.

Ver las fotos del trayecto por el Kwazulu.

EL REINO DE SWAZILANDIA:
El retrato del rey Mswati III preside todos los espacios públicos y comercios de su reino, la pequeña Swazilandia, habitada por la etnia de los Swazi. A pesar de su régimen monárquico bastante autoritario, es un país agradable para visitar, por sus paisajes y su gente.

Cruzando la frontera por el paso de Golela, entramos al caluroso low veld, una llanura con algunas ondulaciones y vegetación de matorrales y árboles espinosos, bastante cultivada por una densa población rural. Al igual que la zona fronteriza de Sudáfrica, hay abundantes plantaciones de caña de azúcar.Si bien no hay casi ciudades en el trayecto que hicimos por el país (tanto la capital, Mbabane, como la ciudad más importante, Manzini, se encuentran en el oeste montañoso), hay abundantes casas y villorrios. La mayoría de las viviendas siguen el patrón tradicional de plantas circulares con techos de paja. Los swazi se mostraron muy amistosos, por lo que fuimos saludando a la gente todo el camino, especialmente los niños que venían corriendo hacia la ruta al vernos pasar.Casi 40 km. hacia el interior llegamos a Nsoko, donde acampamos en Nisela Safaris. Nos aconsejaron no hacerlo cerca de una reja que separa el campamento de la reserva de fauna, pues los leones intentan saltarla cuando ven gente en los alrededores. Y nos alteraron la noche con fuertes rugidos, estremecedores por lo cercanos.

El low veld es muy caluroso, y la siguiente jornada fue también sofocante. Sin embargo, no hicimos más que 50 kilómetros, porque la dueña de Nisela nos aconsejó no ir a Mbabane (un desvío de 200 km.) para conseguir la visa de Mozambique, sino ir hasta Simunye, cerca de la frontera, y dejar la bicicleta allí al cuidado de su hija, que administra el Simunye Country Club. A las 14 hs. habíamos llegado a Litubo Lodge, donde el dueño, que habíamos conocido el día anterior, nos permitió acampar. Lo hicimos bajo un árbol de amarula, la fruta con el que se hace el famoso licor sudafricano. Pero para el muchacho que nos recibió, el dato es que el amarula es la fruta que pone “crazy” a los elefantes. Alguna obsesión con el tema tenía, pues la única relación que encontró con Sudamérica fueron la cocaína y el tequila (?).

Al otro día hicimos otra etapa reducida hasta Simunye. Atravesamos el Parque Nacional Hlane, donde un cartel recomendaba a ciclistas y peatones precaución con leones y elefantes. No vimos ninguno, pero si bastantes antílopes y algunos babuinos y jabalíes africanos (los facóqueros). Antes de salir del parque, compartimos una sombra con motociclistas sudafricanos.

El Simunye Country Club era un lugar muy bien puesto. Thea, la hija de la dueña de Nisela, nos dejó una habitación gratis. Nos quedamos el 31 de diciembre allí, pues no era una buena idea entrar a Mozambique en medio de la fiesta. Confirmamos que podíamos sacar la visa en la frontera y ese día, para aprovecharlo, lo empleamos en visitar el parque Hlane, que habíamos cruzado el día anterior.

Nos internamos en un jeep con el guardaparques Johannes y dos turistas swazilandeses para ver la abundante fauna del parque, entre ellos los amenazadores leones, cuyo territorio estaba delimitado por una cerca electrificada de varios kilómetros. No pudimos tener mayor mala suerte que quedarnos sin nafta en la zona de los leones, detrás del alambrado. Empujamos el auto hasta que arrancó con las últimas gotas de gasolina, justo para salir de la reja. Johannes tuvo que ir a pie a buscar otro auto, con el que vimos el resto de la fauna (rinocerontes, elefantes, impalas, etc.) pero no los leones que, por lo visto y para nuestra suerte, estaban durmiendo la siesta.

Pasamos Año Nuevo en Simunye, con los alegres swazis, que inundaron el cielo de fuegos artificiales. El 1 de enero dejamos Swaziland con rumbo a Mozambique. Los últimos 10 km. fueron de una subida atroz en medio de un calor deshidratante, para atravesar la cordillera Lubombo, que constituye el límite de los dos países. Con retraso, llegamos a la frontera donde cruzamos a nuestro sexto país del recorrido. Nos quedaban 75 kilómetros hasta la capital, Maputo.

Ver las fotos de Swaziland.

el trayecto por swaziland


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